No era el diablo, sólo fue una noche muy fría

Era una noche invernal  a principios del siglo XVIII en que los habitantes de San Petersburgo apenas pudieron dormir… La ciudad crujía y se oían extraños ruidos en las oscuras calles pero, sobre todo, hacía frío… mucho frío.

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Ya se habían roto muchos termómetros por el frío insesante. A la mañana siguiente, los habitantes se dirigieron tiritando de frío a la Catedral para pedirle a Dios que los protegier.

Cuando las puertas de la Catedral de San Pedro y San Pablo se abrieron, observaron un hecho insólito: El inmenso Organo que se ubicaba el altar se encontraba totalmente destruido y los tubos que lo formaban estaban dispersos por el suelo.

“¡El Diablo… fue el Diablo!” empezarona gritar los clérigos de la Iglesia… Al rato todos comenzaron a repetir eso: ¡El Diablo ha destruído el órgano!… ¡Satanás ha entrado en la casa de Dios y ha roto el órgano!

Un fiel presente en ese momento, se acercó a los tubos del organo y al agarrarlos con la mano, observó lleno de espanto que se deshacían como si estuvieran hechos con granos de arena.

El tiempo y los años, pusieron al Diablo en su sitio y se conoció la verdad. Que e quien construyó el órgano hizo los tubos con estaño, quien tiene una propiedad muy extraña y curiosa: Cuando la temperatura desciende por debajo de los 50º bajo cero, los átomos se reorganizan y el estaño se vuelve gris y se deshace como si fuera polvo…

Hoy se puede afirmar que aquella noche hizo mucho, mucho frío… tanto, que ni el Demonio se atrevió a pasar por San Petersburgo.

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